Suena el despertador , eran las 6:30 de la mañana. Marcos extiende la mano y lo apaga. No tenía ganas de levantarse, se encontraba tan agusto con su mujer a su lado que no le apetecía nada más, con ella lo tenía todo. Ella era suficiente. Pero tenía que ir a trabajar para mantenerla, al igual que a sus hijos.
Son las 7 de la mañana cuando se decide a levantarse de la cama. Un bostezo. El armario abierto de par en par, toma unos pantalones vaqueros y una camisa de rayas. Mientras estaba desayunando, sus dos pequeños hijos correteaban de un lado a otro preparándose su pequeño plato de cereales. Eran adorables, los quería tanto… “Quién pudiera volver a esa infancia que nos hace tan felices y se esfuma poco a poco sin que te des cuenta. Sólo puedes apreciarla cuando ya la has perdido”, pensó Marcos. Acto seguido apareció su mujer por la puerta de la cocina y lo besó en la mejilla, dándole así los buenos diás.
Dio el último sorbo al café mientras cogía la chaqueta con la otra mano. Miró el reloj, iba sobrado de tiempo, por lo que subió al coche muy tranquilo y comenzó a conducir por la avenida principal dirigiéndose a la oficina. A medida que iba avanzando, aparecía una fila de coches, la que dentro de unos minutos haría que llegase tarde al trabajo.
Eran las 8:15 cuando llegó, y ya estaba el jefe en la puerta esperando una buena excusa. La necesitaba, porque el inspector estaba revisando a los trabajadores y éstos no podían permitirse llegar tarde, esa empresa estaba en una mala situación.
A la hora de la salida quedó con un viejo amigo para ir a tomar algo, había sido un día muy duro y tenía la necesidad de despejarse. Al acabar de hablar con Lucas, Marcos fue dirigido a casa. Su mujer e hijos lo esperaban impacientes. Hoy no había ido a almorzar y habían recibido una noticia que querían comunicarle. No era una buena noticia. La empresa en la que trabajaba había tomando una dificil decisión después de una larga charla con el inspector: tenía que cerrar. Al oír esto, Marcos no supo qué hacer, no se encontraban muy bien económicamente y necesitaba un sueldo para mantener a su familia, ya que su mujer no poseía ningún tipo de trabajo, simplemente era ama de casa.
Al día siguiente, Marcos llamó por teléfono al número de una empresa que le habían recomendado. Después de tanto buscar un nuevo trabajo, creía haberlo encontrado. Tras varias llamadas telefónicas sin respuesta, perdió la esperanza, pero volvió a intentarlo . Al otro lado de la línea escuchó una voz , pero no resultó ser la que oiría a menudo. Lo rechazaron, era la cuarta vez que le pedían un buen currículum académico, y el que él tenía era muy escaso.
En casa se estaba notando el paso de tener un sueldo considerado a obtener sólo la ayuda de uno de sus dos hijos (el más mayor, con cuatro años, que padecía un pequeño trastorno mental).
Pasaron los días, las semanas, y Marcos se levantaba tarde y se tumbaba en el sofá sin nada que hacer, sólo preocuparse por su situación laboral.
Dos meses más tardes, Marcos y su mujer se limitaban a comprar la comida necesaria. Los pequeños notaban algo raro en casa, su padre estaba a todas horas en ella. Pero en un momento inesperado llamaron a la puerta, era el viejo amigo con el que había tomado un café aquel día. Traía buenas noticias: Lucas había informado a su empresa de lo que le ocurría a Marcos y de la situación de su hijo mayor y, los dueños, necesitados de algún que otro trabajador, le comunicaron que querían hablar con él para que perteneciera a aquella empresa. Era justo lo que necesitaba. “Gracias, Lucas”, fue lo único que pudo añadir al finalizar la conversación.
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