lunes, 10 de octubre de 2011

Manuel, la historia de un chico normal al que le afectó mucho la crisis.


Un día lúgubre, sombrío, oscuro, prieto de febrero a las 11:54 p.m., exactamente el 25 de 1995, nació Manuel, un niño como otro cualquiera, la diferencia al resto es que él nació un día lúgubre, sombrío, oscuro y prieto, por todo lo demás era un chico muy normal. Nació en Toledo, una ciudad muy bonita, en el seno de una humilde familia. A la edad de 6 años sus padres por su cumpleaños decidieron regalarle un viaje a la playa, ya que no conocía todavía el mar. Durante el viaje tuvieron un gran accidente y el único superviviente fue Manuel. Este fue llevado a un orfanato a las afueras de Toledo, porque sus padres no tenían ningún familiar en España debido a que eran extranjeros, pero llevaban viviendo bastante tiempo aquí.

Él ya no era el mismo, no sonreía, apenas comía, hasta que pasados dos años conoció a Ernesto, un niño de su edad con el que hizo buenas migas, estaban todo el día haciéndole travesuras a las monjas del orfanato, la broma más pesada fue cuando un día de verano cogieron una manguera y la llevaron al comedor, allí mojaron a todas las monjas que había, otra broma fue cuando una noche de tormenta, a las dos de la mañana aproximadamente, fueron a robarles las dentaduras postizas a las monjas y las escondieron en la biblioteca, a la mañana siguiente las monjas estuvieron como locas buscándolas por todo el orfanato hasta que las encontraron. Sin duda alguna, Manuel era feliz a pesar de todo lo ocurrido.

Cuando tenía 14 años, dentro del orfanato, se comentaba que iban a venderlo a una compañía estadounidense de yogures, porque le gustaba esa zona para explotar sus negocios, ya que debido a la crisis económica el orfanato no contaba con muchas subvenciones y el dinero escaseaba para poder mantener a tantos niños.

Manuel no podía permitirlo y junto a Ernesto y a los demás chicos del orfanato propusieron un plan, el plan consistía en conseguir un poco de dinero mediante un torneo de tenis ya que tenían una gran pista para jugar, el plan funcionó pero no consiguieron el suficiente dinero. Las monjas convocaron una reunión y les comentaron a los chicos la situación que había y que debían vender el orfanato, les dijeron que no se preocuparan, que serían enviados a un orfanato en León en un plazo de un mes cuando vendieran el orfanato a la compañía estadounidense.

Quedaban cinco días para la venta y a Manuel le dieron la noticia de que una familia lo quería adoptar, este se despidió de todos, sobretodo de Ernesto, su gran amigo, y se prometieron que cuando cumplieran 18 años irían de viaje a vivir nuevas aventuras.

La familia que lo adoptó no era rica sino todo lo contrario una familia humilde de mediana edad que no podían tener hijos. Estos vivían en Granada y le resultó un poco difícil adaptarse a su acento, porque eran de campo. En su nueva casa también pasó penurias porque la crisis era cada vez más grande y su familia vivía del paro de su padre, de la pensión de la abuela Josefina, una señora muy sensata, aunque de vez en cuando daba collejas a diestro y siniestro, y de su madre que trabajaba en el colegio público de limpiadora. Manuel se apuntó al instituto para poder tener un buen trabajo en un futuro, porque él veía en la televisión que el paro cada vez subía más, que para encontrar trabajo había que tener una buena formación académica, también veía a gente que no podía pagar sus grandes hipotecas, y al final desahuciaban sus casas, eso a Manuel le parecía muy duro y no podía permitir que a él y a su familia, aunque llevara poco tiempo con ellos, les ocurriera lo mismo. Manuel por la mañana estudiaba y por la tarde trabajaba en el campo cogiendo tagarninas, espárragos, huevos para comer un poco de todo, construyendo cabañas, esquilando ovejas con los pies etc., es decir, lo normal que hace en un campo un niño de 14 años.


Con 17 años intentó contactar con Ernesto para que no se olvidara del viaje, pero no lo consiguió sin embargo empezó a ahorrar, todos los días lo llamaba al móvil pero fracasaba continuamente, hasta que el día de su decimoctavo cumpleaños, el 25 de febrero, Ernesto apareció en su casa de Granada y le dio el mejor regalo que podían darle. Ernesto ayudó a Manuel a hacer las maletas, y se fueron al aeropuerto a coger el avión destino Nueva Zelanda.

La primera imagen la he tomado de un blog llamado "Entre el caos y el orden" y la segunda la he cogido de otro blog llamado "Bajotinta".

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